Alemanes de Alemania

Luis Revilla.-

Tras un mes de acontecimientos inesperados e impactantes, Brasil 2014 se despidió ratificando dos de las tradiciones más características del torneo. Alemania encarna la primera, la del incontestable campeón que se lleva el Mundial en nombre de una generación histórica de futbolistas, una colección de talento incomparable entre sus coetáneas que bien merece 7 kilos de oro y la eternidad. Schweinsteiger, Lahm, Neuer, Müller, Kroos, Khedira, Özil et al son dignos sucesores de la dinastía de campeones que se imponen por la inercia del talento; selecciones que ostentan el mérito de ganar cuando — y no solo porque —  son las mejores, es decir, de refrendarlo con la Copa ante el oponente o las circunstancias que acaezcan.

Argentina, por su parte, cerró ayer una trayectoria que conecta directamente con la fábula del equipo que va de menos a más hasta llevarse el torneo, una de las más tradicionales en mundiales. En el rol más instrumental y menos influyente que se le recuerde, Lionel Messi estuvo muy cerca de ganar el Mundial, más cerca incluso de lo que el número dos en su medalla plateada sugiere.

Porque la albiceleste dominó la final, especialmente durante el primer tiempo. En ese tramo del partido ocurrió lo que Alejandro Sabella y no Joachim Löw pretendía. Por cuarta vez en el Mundial, Alemania falló en el intento de instalar el juego en campo rival y crear situaciones de peligro de manera sostenible, sin conceder oportunidades.

El 4-4-2 de Argentina defendió con solvencia el área y admitió pocas filtraciones. No fue fácil contra la constante amenaza de Mesut Özil entre líneas.

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En cualquier caso, las venenosas transiciones argentinas mitigaron la voluntad que mostraron los alemanes para combinar por el centro, donde es más fácil perder el balón. Ezequiel Lavezzi, particularmente, se encontraba con una pradera a la espalda del lateral izquierdo germano, Benedict Höwedes, tras cada recuperación: demasiado para un débil Mats Hummels.

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Lionel Messi se sumó a la fiesta por ese lado del campo; también Zabaleta, en cuanto tuvo la oportunidad. Argentina no fue precisa en el área rival y el ansiado 1-0 no terminó de caer.

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Los de Löw se dedicaron a circular la pelota de banda a banda, con mucha prudencia. Sobre todo después del minuto 20, cuando Higuaín falló un mano a mano tras regalo de Kroos. Alemania tragó grueso e hiló fino a partir de ahí. Sus constantes cambios de orientación le dieron altura y cierto control, pero ante Garay, Mascherano y Demichelis logró poco más que reducir el flujo de ocasiones en contra, que igual llegaban por una mera cuestión de (des)equilibrio y nivel defensivo.

El ingreso de Schürrle por Kramer, conmocionado tras un golpe en la cabeza, tuvo un impacto positivo. El del Chelsea completó un claro 4-2-3-1 que liberó a Özil y activó el ataque alemán en la banda izquierda. Por ese costado llegó una buena ocasión: Schürrle habilitó a Müller, cuyo incansable revoloteo no cesó toda la noche, y remató su devolución al primer toque. Estuvo bien Romero, como en otra oportunidad tras un balón perdido por Mascherano que terminó con una genialidad de Özil y un remate de Kroos en la frontal del área.

Sin embargo, la más clara para el campeón llegó tras un tiro de esquina al 46′: Höwedes se desmarcó como los mejores jugadores de baloncesto, pero su cabezazo se estrelló de lleno en el palo.

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El segundo tiempo estuvo marcado por el cambio Agüero x Lavezzi, con el que Argentina pasó del 4-4-2 a un 4-3-3.

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Según esgrimió en la rueda de prensa posterior, Alejandro Sabella pretendía que su equipo asumiera la iniciativa y fuera “más ofensivo”, para ganar el partido antes de la prórroga. Ciertamente, los sudamericanos mostraron una actitud más agresiva; pisaron el campo contrario con más insistencia, con y sin balón.

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En el proceso, sin embargo, desaparecieron casi todas las ventajas que, Lavezzi mediante, tuvieron a Argentina al borde del gol en el primer tiempo. Alemania dejó de sufrir en la transición ataque-defensa y, además, surgieron hombres como Schweinsteiger, Boateng — impecable trabajo contra un transparente Agüero  — y Neuer.

Manuel Neuer será recordado como uno de los jugadores más influyentes de su generación. El del Bayern es la prueba fiel de que la portería se ejerce en tiempo real, de forma continua y no episódica como generalmente se contempla el rol. Aunque ocurra a 50 o 60 metros de su arco, Neuer lee el juego con tal empecinamiento, anticipa el peligro con tal claridad, que no vacila para cortar de raíz cualquier amenaza que surja, aunque implique un sprint al medio de la nada. Neuer es un defensa del área. Más: un guardián del último tercio del campo, con derecho a usar las manos en una superficie superior a los 600 metros cuadrados. Casi nada. Incluso cuando no interviene, como en el remate cruzado de Messi (46′) que se fue muy cerca del palo, resulta tentador achacarle a su sombra una cuota de la imprecisión de los delanteros contrarios.

Antes de la prórroga entraron Palacio por Higuaín y Götze por Klose. El argentino falló una ocasión clarísima tras centro de Rojo y error grave de Hummels: controló mal y no pudo definir ante el voraz achique de Neuer. Quince minutos después, Götze acolchó de maravillas un centro de Schürrle, quien condujo el balón por la izquierda y en el acto atrajo hasta a cuatro argentinos, incluido Demichelis, por cuya espalda apareció el alemán para definir de zurda, sin dejar caer a Brazuca tras un excelso control.

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El de Alemania no es el primer título mundial que descansa sobre un plan de juego por momentos falible, pero en una época de debates estériles sobre recetas llega con una coherencia tan irrefutable que resulta aleccionador. La selección de Joachim Löw, talento unido al servicio de la victoria, pasó el verano presa de los mismos problemas, pero agraciada con las mismas soluciones, tanto individuales como colectivas. Ahí queda el 7-1 a Brasil, una excepción histórica para registrar el potencial real de Schweinsteiger y compañía. Al final el fútbol es de los futbolistas, y los alemanes son de Alemania.

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