18/06/2014
Luis Revilla.-
Sin mayor revuelo que el de los reencuentros entre viejos conocidos, Alemania resolvió con una goleada uno de los partidos más esperados de la fase de grupos. El resultado, un 4-0 a la selección de Cristiano Ronaldo, es histórico según las medidas convencionales, pero en retrospectiva no parece difícil de explicar. Así es este fútbol, tan dramático, propenso al nocaut. Y así es la versión vigente de la selección alemana.
El estreno de los dirigidos por Joachim Löw evoca directamente a su debut en Sudáfrica 2010. Fue entonces cuando sellaron por primera vez su candidatura al título mundial que se dirime este mes en Brasil. Aquella mezcla de juventud, talento y juego tenía un potencial evidente.
La Bundesliga creció, el Dortmund jugó una final de Champions y el Bayern dos. El talento alemán eclosionó y no paró de emerger, pero die mannschaft no alcanzó las cotas imaginadas: solo fue semifinalista en la Euro 2012 y tuvo un frío camino hacia Brasil, lleno de dudas.
Sin embargo, el pasado lunes Löw se enfocó en las certezas, que esencialmente son dos: Alemania tiene un equipazo y su libreto es eficaz, con Mesut Özil, Sami Khedira y Thomas Müller en plan protagónico.
El del Arsenal parte como extremo derecho en el 4-3-3 alemán, pero, aunque sabe castigar el espacio, su juego no es de ruptura y desborde. El dorsal 8 es el piloto del ataque en el último cuarto de cancha. Lo suyo es recibir y conducir hacia la frontal del área, en búsqueda del gesto decisivo. En esas diagonales abandona el espacio en la banda, que queda a disposición del lateral derecho o de Thomas Müller, delantero centro. Pero en este Mundial el hombre que corre por la cal no es el capitán Phillip Lahm (mediocentro) sino Jerome Boateng, que no es experto en el arte del overlapping, el desdoble. Ahí emerge Sami Khedira, la flecha que abre rendijas para el ataque de los tres veces campeones del mundo.
Se dice que un mediocampista con responsabilidades defensivas relevantes tiene llegada cuando es capaz de acercarse al balón en ataque — subir con él o llegar por sorpresa a rematarlo en el área y sus adyacencias — sin comprometer el equilibrio de su equipo. Es un prototipo alabado que generalmente goza de la protección de un socio de menos movilidad, un guardián designado para el enorme espacio abandonado por el valiente box-to-box.
Pero Sami Khedira no se ajusta a esta definición tradicional, más allá de lo mostrado en Stuttgart cuando empezaba su carrera. El del Real Madrid pertenece a una raza exótica de cazadores del espacio, que no pretenden escoltar el ataque sino activarlo a espaldas de la defensa rival. No abandonan el medio para acompañar la jugada, sino para dejarla atrás, para llevarla a otro terreno, para sacudirla decisivamente por los defensas que arrastra y los espacios que genera.
Se necesitan dos buenos pulmones y una zancada poderosa para hacer semejantes recorridos, pero la virtud que reluce en estos lances es la puntualidad. Si no es oportuna, la carrera al espacio del mediocampista oscila entre lo inútil y lo irresponsable. Khedira tiene talento para reconocer las circunstancias ideales. Como los llegadores de más prestigio, tiene también quien encubra sus aventuras, aunque no sea el típico guardián laborioso sino Mesut Özil, que no pierde el balón bajo presión y decide las jugadas que Khedira agita. La profundidad que el tunecino-alemán proporciona al sistema se vuelve imprescindible entre tantos futbolistas que prefieren el balón al pie. Su sinergia con Özil en la derecha se extiende a la izquierda, donde Götze y Kroos estabilizan los ataques con libertad. Ellos componen el corazón de la falible pero contundente selección alemana, que acumula tantas derrotas decisivas como demostraciones de poder.
Portugal ahora acompaña a Inglaterra y Argentina, entre otros, en la lista de víctimas goleadas por el equipo de Löw. Thomas Müller es uno de los responsables directos de tantas profanaciones. Su fútbol no ofrece tregua. El del Bayern mete goles sin explicación y no pierde energía corriendo para celebrarlos. Se queda en el sitio, pega un rugido y continúa la masacre. Müller es el puente entre la nueva Alemania y la vieja, la que ganaba porque sí, la de Schumacher en Ferrari. Sin sus goles no habrá tetracampeonato.
